Cultura Galega Adiós, ríos; adiós, fontes; adiós, regatos pequenos; adiós, vista dos meus ollos, non sei cando nos veremos. (Rosalía de Castro) Comería a túa alma coma quen come un ovo doce novo, perfecto microcosmos no seu óvalo de nacre. (Estíbaliz Espinosa) Idioma meu, homilde, nidio, popular, labiego, suburbial e mariñeiro, que fas avergoñar ó burgués, ó señorito i o tendeiro. (Manuel María Fernández) Ás veces fáltannos palabras e ás veces sóbrannos, ás veces fáltanos o tempo de dicilas e ás veces pásanos o tempo de calalas. (Baldo Ramos) Os soños cantan coa gorxa xeada, como esclavos fan tocar os tambores. (Manuel Rivas) Mexan sobre nós e temos que dicir que chove. (Castelao) Díxenlle á rula: Pase miña señora! E foise polo medio e medio do outono por entre as bidueiras sobre o río. (Álvaro Cunqueiro)

El toro mugidor de la Laguna de Carregal


En la laguna de Carregal, Corrubedo, se puede oir a un buey que parece estar sumergido en las aguas. Parece ser que allí había un Palacio Real y a su alrededor se encontraban las casas que pertenecían a los siervos de la realeza.

El Rey tenía una hija que todos apreciaban. Un buen día llegó un moro anciano entumecido por el frío, a lo que la hija del rey se apiadó de el y lo dejó entrar en Palacio para que comiese y entrase en calor. El moro acabó enamorándose de ella y le pidió matrimonio, a lo que el rey se negó por ser mago e infiel además de viejo. El moro se enfadó y marcho dejando tras de sí una gran cantidad de amenazas.

Laguna de Carragal, Corrubedo, La Coruña.

Justo en ese preciso momento la tierra tembló, todo el mundo quedó atemorizado, las casas se derrumbaban y los ríos y fuentes se desbordaban anegando todos los terrenos colindantes. Mientras el Rey, su hija y los súbditos huían de la escena se fijaron en que el moro no paraba de reirse mientras veía las ruinas que dejó el temblor, a lo que el Rey sin pensárselo dos veces cogió su lanza y arremetió contra el moro.

El moro intentó huir, pero al ser un anciano no podía correr y entonces se transformó en un enorme toro. El Rey aun estando atemorizado por lo que acababa de ver, siguió dirigiéndose lanza en mano hacia el toro mientras la princesa arrojaba sus joyas al agua para suplicar a las hadas que el moro anciano traidor no pudiese escapar jamás de las ruinas, que se quedase en el fondo de las aguas que inundaron sus terrenos. 

El moro intentó escapar, pero por más que corría las aguas lo tragaban más y más, hasta que acabó desapareciendo entre ellas.



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